sábado, 22 de diciembre de 2012

Te prometo la Luna y la rechazas.

Me quedé solo. Esperando. Quizá esperándote. Era el tiempo el que no quería vernos juntos. Qué guapa ibas con tu vestido blanco. Lástima que te lo pusieras arrastrando una gran cola que, poco a poco llegaba hacia el altar, sin mí esperándote allí. Pero me encantó que llevaras mi collar, pequeña. Hacía tanto que no lo veía, que no me acordaba de lo bonito que quedaba colgado sobre tu pecho. No quise ir corriendo a decirte que te quería más que a nadie y que paren el tiempo, que me faltaba tiempo para demostrarte que hasta me dolía el corazón. Hasta pensaba arrancármelo del pecho porque se negaba a latir con tanto dolo dentro. Y ya, por soñar, me imaginaba que huirías conmigo. Quizá sean las películas y todos mis días que pienso en por qué no te dije nada, por qué te dejé ir…los que me hagan delirar. Qué tontería eso de que vendrías conmigo ¿eh? Pero yo soy un soñador buscando mi sitio y los soñadores como yo se sirven de las ilusiones para realizar sus actos. A mí me falta coraje. Hasta he llegado a pensar que la felicidad es un deseo inalcanzable, porque siempre nos ponemos metas y sueños pero nunca logramos conseguir todos nuestros propósitos y, es entonces, cuando nos llenamos de rabia. Imagínate cuánta rabia llevo acumulada dentro. Y cuando la rabia desborda los límites es cuando desisto, dejo las cosas a medias (como casi siempre) y me ahogo entre vasos y lágrimas. Triste contarle las penas a mi botella, es la única que me hace sonreír cuando le hablo de dolor. Prefería chupitos de tus besos, que son los que curan. Llámame egoísta, pero quiero que seas mía. Me siento vivo. Aunque no haya motivo. Si tú no quieres mi luna, no vengas a pedírmela, ya no tendré la fuerza para llegar hasta ella. Me consumo. Alma enterrada. Tan profundo que no puedo ver tus ojos. Perdón por el papel un tanto mojado. Perdón por las mentiras en mi últimas líneas. Te echo de menos, mi pequeña.

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